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CÓDIGOS Y SERVILLETAS

por LSZTHR
CÓDIGOS Y SERVILLETAS

Exagero; no fue una comida terrible, en realidad no estuvo tan mal. Mis expectativas tuvieron mucho tiempo para crecer, eso fue todo. Además el número escrito en la servilleta fue el giro karmático del terrible día que había tenido.


Durante mi estancia en la silla/trono/de/madera con tapices de antaño, tuve tiempo suficiente para perderme en cualquier detalle. Fue justo al limpiarme la boca después de tomar agua cuando noté un ligero destello sobre el fondo blanco de la servilleta, ubicada a mi izquierda, junto al tenedor. La maniobra dejó expuesta la cara con una inscripción escrita en pluma fuente y tinta amarillo pollo, justificada al margen superior.






Era una serie numérica, parecía ser el teléfono de un comensal con espíritu de galán o tal vez un número de cuenta. Pretendí ignorarlo. Disimuladamente revisé a los comensales para ver si alguno de ellos – el probable responsable del número en la servilleta - me vigilaba esperando ver cómo reaccionaba. Tristemente para mi ego, ninguno parecía siquiera prestarme atención. Todos muy metidos en sus sagrados alimentos y  conversaciones no hacían más que coexistir en la misma instalación conmigo. Yo; hater declarada de las cursilerías, sentí vergüenza por haber considerado el cliché del número telefónico en la servilleta, con un “llámame” implícito.






Considerarlo involucraría un deseoso encuentro con el destino por parte del emisor, puesto que la servilleta – limpia, además, intacta  - estaba ahí desde antes que yo arbitrariamente llegara a sentarme en ese lugar. Vaya; considerarlo significaría también un deseoso encuentro con el destino de mi parte. A pesar de que la idea, la curiosidad  y la intriga revolotearon ese pensamiento por un rato en mi cabeza, concluí que no; no era el caso. Era sin duda mucho más probable que fuera un mensaje en código de vida extraterrestre o proveniente de dimensiones paralelas – teoría que examinaría más tarde. Revisé los números nuevamente, de reojo:



551 2752 1944



En ese momento y hasta que se probara lo contrario el mesero era el principal sospechoso responsable por la inscripción amarillo pollo. Al escucharlo acercándose tomé un trago de agua como pretexto para limpiarme la boca con la servilleta, y así regresarla disimuladamente a su posición inicial: boca abajo, escondiendo la inscripción. Sólo por si acaso. No quería que él viera que yo había visto el número, ni darle el gusto de reírse por mi reacción y mi comportamiento nervioso. Me sentía vigilada. Consideré incluso ser víctima de un experimento social, como esos en los que ponen un encendedor que dice “róbame” sobre una mesa en un bar y esperan a ver qué hace la gente, o cuando se forman afuera de una tienda sin ningún motivo en particular y las personas que van pasando se unen a la fila automáticamente.


Lo más probable es que se debiera a una simple coincidencia o simpática casualidad; que por azares del destino la servilleta en la que alguien anotó un número se mezcló entre la torre de servilletas limpias que el mesero utiliza para poner la mesa, y así terminó bajo el tenedor del lugar de la esquina de la gran mesa de roble que elegí para sentarme ese día. O tal vez fuera una conspiración del cosmos, una señal divina, algún ente o mí yo-del-futuro intentando contactarme, y ese número en verdad estuviera dirigido a mí. Esta última premisa, como mencioné antes, me parecía mucho más lógica.






Sólo para estar segura y descartar probabilidades, comencé a sumarlo, reducirlo a unidades, escanearlo en mis registros mentales, leerlo de atrás para adelante, lo pensé en voz alta buscando una similitud fonética, y así hasta que agoté mis ideas. Saqué el celular, volteé la servilleta discretamente y pretendiendo capturar la silla frente a mí del otro lado de la mesa con el telón rojo de fondo, la fotografié. Después del postre, le marcaría al anónimo con pluma fuente de tinta amarillo pollo.


Cuando colgué el teléfono, no supe si la sensación que me invadía era resultado del empalagoso ganache de café que acababa de ingerir, o la llamada. Hasta la fecha no sé cómo describirla. Lo único que puedo decir, en relación a ese momento, es que después de dejar el teléfono sobre la mesa pedí una pluma al mesero, anoté una serie numérica en una servilleta limpia y la dejé en el lugar vecino a mí en la mesa redonda del Rey Arturo. Recogí mis pertenencias, y con mis lentes de sol bien puestos, abandoné el recinto.

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Meses después, en un café del centro pedí la clave de internet. Me la llevaron escrita en una servilleta.




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