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EL TIEMPO CON PAULA

Paula no ha regresado. Son las dos de la mañana y no hay rastro de ella. No he podido dormir, ni siquiera he sido capaz de pensar. Sólo vuelve a mi cabeza su imagen cada vez menos definida, su llanto, su dolor, los reproches, sólo puedo sentir una opresión constante en el pecho; por momentos siento que no seré capaz de respirar una vez más. Mi niña…mi pequeña, se ha ido.  Me ha echado en cara que no la comprendo, que lo último que quiere es ser como yo. No me ha quedado de otra…sólo recibir los reclamos como un ventarrón. No pude hacer más que resistir, ni siquiera he sido capaz de escuchar, sólo me he quedado ahí viendo como su rostro se desfiguraba por el resentimiento. 


Hace 22 años me convertí en madre de Paula y nunca mi mundo cambió tanto. Yo soy de las que van por la vida diciendo que un hijo “todo lo llena” para bien y para mal. Desde ese momento mi existencia cobró un sentido que siempre, de algún modo, había anhelado. Parecía absurdo que mecer a una pequeña niña en la madrugada fuera ahora mi actividad más importante. Ella me enseñó a ser madre, me hizo vivir el verdadero sentido de la responsabilidad. El que ese pequeño ser dependiera tanto de mí, me hacía sentir importante y al mismo tiempo esclava.


Paula era ese ser que prometía conquistar el mundo, por lo menos mi mundo. 


Paula era demasiado sensible. Desde que era un bebé, la música la hacía llorar. No era un llanto de fastidio, de sueño o un pequeño berrinche. Paula se conmovía con la música y eso se notaba en sus lágrimas de bebé de 10 meses. Era una niña pequeña, de apenas seis años y se conmovía hasta  que el corazón se le humedecía en las bodas o con las películas. La música siempre tocaba su alma, la hacía soñar, alegrarse, entristecerse, conmoverse, imaginar.


A Paula le gustaba bailar. Desde los 3 años, podía pasar horas dando vueltas y agitando los brazos sin marearse, mientras durara la canción ella giraba y giraba de felicidad. 



Paula me sorprendía todo el tiempo, me conmovía. Hacía que mi día valiera la pena. Yo vivía para ella, cada momento era por ella, era para cuidarla, alimentarla, arrullarla, mimarla, abrazarla. Cada uno de mis momentos le pertenecieron hasta que una nueva vida se empezó a formar dentro de mí y mis anhelos se repartieron.


La pequeña bebé, hizo que Paula mostrara un poco de lo que sería su recio carácter. Ella no quería compartir las miradas embelesadas, ni los arrullos de media noche, ni las risas, ni los abrazos. Ella no quería que ese pedacito de carne se interpusiera entre lo que más quería. Paula tenía sólo dos años.


Paula fue una buena estudiante, entregada y perfeccionista. Con una inteligencia aguda y una sensibilidad especial se ganaba fácilmente el cariño de sus maestros; no pasaba lo mismo con sus compañeros. Paula era reservada, callada, vivía siempre dentro en su propio universo. Se abría sólo con aquellos que realmente conocía. Era amable pero no iba más allá. 


Paula siempre fue una idealista. Paula lloraba cuando leía las cartas de amor que su abuelo escribió a su abuela. De esas que sueñan con príncipes azules que tienen siempre las palabras perfectas. El primer amor resultó ser un poco más soso de lo que había imaginado, un chico tierno, de poco carácter, parecía más un amigo de la infancia que el caballero andante y apasionado. Como quiera que fuera, Paula no pudo sostener por mucho tiempo la relación, aunque en el fondo le daba pena romper el corazón de ese hombre niño que, aunque le llevaba varios años, era más inmaduro que ella. Así, tuvo que enfrentar lo inevitable y hacer frente al dolor que todo esto implicaba, porque Paula era demasiado sensible y se dolía por las lágrimas que él derramó, por los ruegos y las súplicas y por el hecho de que él se negaba a aceptar la realidad.


Paula siguió buscando…



Paula


El despertar siempre es amargo. Al menos el despertar lejos de casa. El sol aparece en escena con timidez. El viento es muy suave, agita los árboles con una violencia sutil. La habitación está tibia, el ambiente es un poco sofocante, ella traga poco a poco el aire y se le atora en la garganta. Le duele el cuello,  el malestar camina un poco hacia su espalda. Sabe que tiene que levantarse pero no existe ningún motivo poderoso que la anime a hacerlo. 


Se endereza sobre la cama. Fija la vista en la pared color marfil y se pierde en un mar de pensamientos. Por momentos el dolor le oprime el pecho y luego parece que no es capaz de pensar en nada ni en nadie. Su mente corre desesperada de los recuerdos y se instala en un blanco absoluto. Un lugar de nada, donde nadie existe, donde no hay amor, ni odio, ni amargura, ni rostros, ni remordimientos, ni pasión, ni desesperanza. ¿Por qué tiene que sentirse así?


No sabe a dónde ir, ni qué hacer. Lo único que quiere es sentirse libre. Tal vez un poco de aire fresco. Se viste rápidamente, toma la pequeña mochila y sale corriendo. Necesita salir, necesita respirar. 


La calle estaba muy sola. El aire fue una bendición, por un pequeño instante parecía que todo saldría bien. Al menos ahora se sentía más libre, libre para dar rienda suelta a su dolor. Sus ojos ya no podían llorar  más, pero la pena se le había atorado en el pecho. Era muy temprano para empezar una nueva vida, pero lo necesitaba. Tenía que aclarar su mente, dejar de pensar en él, dejar de pensar en todos.



Lo que realmente la sofocaba era sentirse sola e incomprendida. Su pena era minimizada por sus padres, por ahora no eran lo que ella necesitaba. El futuro se había desvanecido, era como un túnel oscuro en el que por más que abriera los ojos no podía distinguir nada, todo era de un negro absoluto. Las personas en la calle se convirtieron en sombras, el silencio se apoderó de todo, la luz del sol no iluminaba más; a pesar de estar en un lugar abierto, sentía cómo se asfixiaba. 


Y entonces pensó lo que nunca se imaginó que llegaría  pensar. ¿Qué se sentirá buscar a la muerte? ¿Cómo será el verla cara a cara? Una ráfaga de adrenalina le recorrió el cuerpo…tal vez el mundo cambiaría un poco si ella ya no existiera.


Continuará…


Segunda Entrega




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