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EL TIEMPO CON PAULA - 2

La dependienta miró a Paula e hizo un gesto muy extraño. Tal vez pasó por su mente lo que Paula intentaría hacer momentos más tarde pero, finalmente, decidió callarse. Era demasiado atrevimiento preguntarle a la joven qué se proponía hacer con ese frasco de pastillas,  aunque tenía una cara tan triste que parecía gritarlo con los ojos. Pensó en cruzar el mostrador, en acercarse a ella con suavidad y preguntarle: ¿Estás bien? Tal vez entonces Paula dudaría por unos instantes, luego se le llenarían los ojos de lágrimas y no podría contenerse, se abrazaría a ella y le pediría ayuda, le diría lo sola que se siente, sin embargo, la mujer decidió pasar todo por alto porque “no le correspondía”.


Paula salió de la farmacia con el paquete entre las manos y las dudas empezaron a asomarse. ¿Realmente quería hacer esto? ¿Qué cantidad de pastillas sería suficiente para dormirla para siempre? ¿Qué sensaciones experimentaría su cuerpo? Quiso callar las voces de su cabeza, observó por un momento el atardecer hecho de pinceladas rosas y naranjas, se sorprendió con la belleza que éste ofrecía. Nada de sentimentalismos, debía concentrarse en los detalles logísticos. Definir un lugar…¿Escribiría una nota o prefería volver locos de culpa a todos? ¿Qué tipo de ropa debía ponerse? De nuevo pensó que no quería detenerse en eso, tenía que hacerlo ahora, tenía que hacerlo ya. Sentía que llegado el momento no tendría el valor suficiente. Abrió el frasco bruscamente y vació unas veinte pastillas sobre la palma de la mano. Estaba a punto de metérselas a la boca cuando escuchó una melodía familiar.





“Balada para Adelina” sonaba a lo lejos, se abría paso entre los muros de piedra y entre el laberinto de su conciencia; flotaba en el aire y llegaba hasta ella como una caricia. La música provenía de la radio de un automóvil estacionado cerca de ahí. La suavidad del piano la reconfortaba, esas notas traían recuerdos de su infancia y esos recuerdos eran felices. Una mañana de Domingo, su padre sentado al piano tocaba esa misma canción con gran sentimiento , disfrutando cada compás. De pronto se encontró en el pequeño recibidor viendo la espalda de su padre moverse suavemente al ritmo de la música. Su madre preparaba el desayuno en la cocina, el olor era delicioso. Sus hermanas pequeñas corrían de un lado para otro, todos estaban juntos. Ese recuerdo no era más que un fragmento de su vida, un retazo de lo que vivió muchos domingos, pero ella lo sentía como si una rendija de luz se hubiera abierto paso en la oscuridad de su alma.


Se apoyó sobre la pared y dejó que sus piernas se resbalaran hasta quedar sentada en la banqueta, las lágrimas le resbalaron por el rostro y las pastillas también resbalaron por sus manos abiertas.


Paula ha llamado. Desde que el teléfono empezó a sonar supe que era ella. El timbre tenía un dejo de tristeza que la anunciaba. Descolgué el auricular.


_“Paula… “


Silencio.


_“Paula…perdóname”.


Silencio.


_”Paula…estamos muy preocupados por ti, por favor…regresa.


Silencio.


_”No nos hagas esto”.


_Hay algo que tengo que hacer…no espero que lo comprendan, pero quería que lo supieran…compré un boleto de avión con la tarjeta de Papá; en cuanto pueda se los voy a pagar.


_A dónde ?


_…a España.


_Pero qué vas a hacer allá?…


_Estaré bien.


_Paula…por favor, no te vayas.


_Estaré bien…es algo que tengo que hacer…


_Nena…


_Adiós.



Y su presencia se desvaneció en un segundo. Me quedé sosteniendo el teléfono y fui testigo de cómo se abría un abismo delante de mí. No alcancé a decirle que la amaba, que necesitaba abrazarla, que pensara bien las cosas, que se cuidara, que no confiara demasiado en personas que acaba de conocer, que comiera bien, que durmiera, que tratara de no parecer frágil, que evitara los sitios peligrosos, que confiara en sus instintos, que tuviera cuidado con el alcohol y las drogas, que no coqueteara de más, que me moriría de angustia pensando todos los días en ella y que la extrañaba como nunca.  



Entonces comprendí porque las abuelas y las mujeres mayores rezan más, porque llega un momento en que no tienen más opción que encomendar a la providencia divina lo que ellas ya no pueden proteger, su tesoro más preciado: sus hijos.


Cuando tienen dos o tres años, los riesgos son limitados: un escalón, una gripe, una abeja, un niño mordelón. En su juventud son ingeridos por un mundo que resulta intimidante, intenso, vívido,  peligroso y al mismo tiempo fascinante. Se enfrentan a la vida con el corazón en la mano, un poco desnudos y un poco tontos. Como madre sabes que deben pasar por todo esto, que deben romperles el corazón, que alguien se aprovechará de ellos, que cometerán grandes o pequeños errores. Tú sólo esperas que las equivocaciones los hagan madurar pero que no les arrebaten de tajo la inocencia y la felicidad. Tú sólo esperas sentada en un sillón rogándole a Dios que regresen enteros y un poco más sabios, que abran la puerta y que vuelvan a abrazarte y que, por un momento, vuelvan a ser tus pequeños de 2 o 3 años.


Continuará…


Próxima entrega: Miércoles 17 de Febrero 2016


Primera Entrega             Tercera Entrega




¿QUIERES JUGAR?

por Carmina Rodriguez


       ¿Te acuerdas de esa simple frase? Con ella empezó una cascarita, sentarte a intercambiar muñecos, formar un equipo, una amistad o una rivalidad.

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