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KERNEL: ERROR DE PÁNICO

por LSZTHR
KERNEL: ERROR DE PÁNICO



“Estás a treinta usuarios de morir”, dirá un joven sobre tu hombro mientras juegas Angry Grandma en tu iPod touch.


Tu iPod comenzará a timbrar. Leerás el mismo mensaje, fijo en su pantalla, a modo de notificación proveniente de una aplicación desconocida.


Pensarás en el número. Treinta usuarios podrían significar mucho tiempo, o extremadamente poco. Recordarás las muertes recientes dentro de tu círculo social: tres suicidios el mismo día, dos una semana después. Sin contar las  naturales o accidentales. Muertes que te habrán llamado la atención, considerando una extraña coincidencia. Ahí ya iban cinco, tal vez seis, en tan sólo dos semanas.


Cada intento cuesta uno”, escucharás decir al mismo joven que ahora se lleva un cigarrillo a la boca. “Verás morir a treinta usuarios en cuatro grados de separación a ti”.


 El iPod golpeará contra el suelo, abandonando una mano tiesa y temblorosa al final de tu brazo. Lo recogerás esforzándote por esconder el miedo, encontrando que eres la única persona restante en el café que te encontrabas. Caminarás a tu hogar, ojos desorbitados y sesos cobrando vida en el interior de tu cráneo. Poco después te enterarás que el primo de tu amigo pasó a mejor vida. Uno menos.


Checarás la aplicación nuevamente, para corroborar su legitimidad. Un veintinueve en negritas parpadea, aparece un menos uno en rojo y cambia a veintiocho. A los pocos minutos recibirás una llamada: un profesor tuyo habría caído muerto en medio de la clase. El cálculo es cierto. Cada intento cuesta uno. No un número, una vida.






La aplicación habría llegado a tú iPod el día de la última actualización automática o sincronización. Sin embargo, no encontrarás rastro de ella en tu biblioteca. Intentarás formatearlo, eliminar iTunes de tu incluso dejarlo descargar y guardarlo en lugares recónditos. No cambiarás nada. El indicador de batería permanecerá intacto, el aparatejo reaparecerá en tu bolsillo con un timbre de alerta.



Llegarás a casa. Tus padres, tus hermanos; ¿potenciales números en la cuenta regresiva? Pasará una semana y el padre del primo de tu amiga sorprenderá a todos dejando el mundo terrenal debido a un extraño virus que le destrozó los órganos. Tu amigo y su familia se accidentarán gravemente, uno de ellos no vivirá para contarlo. Dos conocidos de amigos tuyos morirán de infartos al miocardio, tu abuela enfermará y atropellarán al gato el mismo día. Te preguntarás si las mascotas cuentan, titubeando a revisar la aplicación por sus consecuencias. La desesperación vencerá. Veinticuatro, menos uno por la curiosidad. Veintitrés restantes. Al día siguiente un encabezado amarillista en el periódico.


La paranoia aumentará. No sólo tus sesos habrán cobrado vida, sino tu estómago. Un nudo que se apretará hasta romperse. En tu pecho un globo que se infla, y tu rutina continuará, la vida seguirá sin importar tu condición físico-mental. Tendrás deja-vus inventados; en cada transportarse de un lugar a otro verás un accidente en potencia. Cada plan emergente, de día, de noche, en cada tormenta,  encontrarás un desenlace fatal.






Pasará un mes. Los miembros de tu círculo de amigos más cercano habrán sufrido por lo menos una perdida en cuanto a familiares, uno a uno. Tu turno parecerá inminente; la ruleta giraría, la bolita librando tu casilla mientras sudas frio. Vueltas infinitas, un borrón de rojo, verde, negro y dorado a tus ojos mientras la esfera pequeña choca ruidosamente con los bordes.


Tu obsesión con los números; con un número en específico, ejercerá presión contra las paredes de todo tu sistema linfático. Te resultará imposible hacer cualquier cosa sin preocupación alguna. El número en la pantalla reduciéndose cada vez más. Las muertes en cadena tendrán una explicación, deberán de tenerla. Te impondrás a tí mismo encontrarla; aferrándote a ella con esperanza ahogada, como si descifrarla te exentara de aquella sentencia maldita.


Arrojarás el delgado dispositivo contra la pared, recordando a uno de tus difuntos amigos días antes del suceso: comportamiento obsesivo, conductas pasivo-agresivas, el gadget fijo a su mano izquierda la mayoría del tiempo. Parecerá normal, hoy en día; con la era digital y gran dependencia a los robots. Cada minuto te identificarás más con él. Recurrirás entonces a examinar los otros casos, discretamente, buscando indicios semejantes.


Las coincidencias serán abrumadoras. La mayoría de las escenas involucrarán al difunto en cuestión encontrado junto a un iPod en deplorable estado. Sus familiares, amigos, resaltarán la presencia de conductas pasivo-agresivas días antes de la tragedia. Números rayados en las paredes, telarañas con estambre enlazando recortes de periódico e impresiones de pantalla de redes sociales, diarios con anotaciones maniáticas. Verás todas esas escenas y sentirás una pesa de plomo baja por tu tráquea.



La investigación te sumergirá en un limbo detectivesco,  haciéndote olvidar el número en decrescendo por semanas. Verás a tus dedos tomar vida propia y sacar el iPod del bolsillo, desbloquearlo: cuatro, menos uno. Esa noche morirá tu hermano. Será víctima del fuego cruzado en una balacera que ocurrirá en el supermercado.


Podrías haber ignorado la aplicación desde un principio, el número en negritas fijo en la pantalla; continuar con tu vida y hacer caso omiso a la sentencia. Sin embargo, la muerte representaba una obsesión para ti desde el momento en que la conociste. Contemplarás tu pared repleta de perfiles de Facebook, tus ojos huecos de sueño haciendo hoyos negros en el espejo. Recordarás la habitación en la que fue encontrado tu amigo. Similitudes. Arrancarás todas las hojas, frenético, romperás el espejo.






 Esa tarde tu vecina será encontrada por la policía en su casa, cinco días después de muerta. Al día siguiente, tu primo segundo secuestrado, mutilado, y posteriormente asesinado. Tres, menos dos. Uno. Correrás la aplicación por última vez, esperando que las cifras no coincidan, buscando un error que regresara la tranquilidad a tu vida:


Uno.



Parpadeando entre rojo y negro.




Uno.




En negritas, con serifas.



Uno.




Solitario y desafiante.




Uno.


Saldrás a la calle. Tirada en el pavimento, la dueña de tu cafetería favorita embarrada en un charco de sangre junto a su bicicleta.



Sacar el cálculo mental no resultará difícil; matemática básica. En cualquier momento la esfera caerá en tu casilla. Escucharás cómo choca en tu cabeza, temiendo dejar de hacerlo. La cuenta regresiva habrá llegado a cero. Sentirás todo el tiempo del mundo llenar tus pulmones mientras caes de rodillas al suelo, esperando.








Sabrás que ha comenzado al sentir un toque eléctrico en la mano. Tu iPod cambiará de aplicaciones frenéticamente hasta quedarse trabado. Emitirá un ruido ensordecedor; interferencia mezclada con frecuencias altas que penetrarán hasta lo más profundo de tus tímpanos. El cristal se quebrará. Lanzará chispas que elevarán la temperatura del dispositivo liberando un olor similar al que se obtiene de incinerar un cuerpo; carne y piel derretidas, órganos en descomposición quemados. Una pus blanquiverde saldrá por las grietas a borbotones; formando burbujas que se rompen y salpican tu cara. Lo soltarás por instinto, viendo su pantalla contorsionarse, adoptando distintas formas demoniacas, intentando mostrar un último mensaje antes de apagarse por completo.


Treinta usuarios después del encuentro con aquel extraño joven, tu iPod habrá muerto.




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