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EL TIEMPO CON PAULA - 3

Hay algo muy rescatable de la tristeza, cuando uno está tan abatido que lo único que le interesa es ponerle fin a su existencia, el miedo desaparece. 


Todas las cosas que antes la intimidaban ahora son descaradamente inofensivas. El encontrarse al otro lado del mundo, lejos de su familia, sin un plan trazado, con muy poco dinero en la bolsa, envuelta por una multitud de desconocidos, no la amedrenta. Madrid le gusta. La recibió con un cielo luminoso, ella piensa que es un buen augurio. La gente siempre está avanzado, yendo hacia algún lugar. Ella está parada en la Gran Vía observando esa errática coreografía de hombres, mujeres y niños. La elegancia de los edificios, la belleza de los monumentos y la historia que puede respirarse en las calles la emociona un poco. Madrid es alegre, bullicioso; los españoles gritan todo el tiempo. El aire es incluso diferente, Paula se siente un poco más viva, disfruta de la brisa, del sol, de sus pies avanzando por las banquetas de piedra. Es como si al cambiar el escenario de su vida se convirtiera en una persona nueva, distinta. Esa sensación es muy agradable.  


Ha estado pensando en Adriana, sabe que puede contar con ella. Ha quedado de verla por la tarde en un café de la calle Serrano. Falta poco para la cita, así que decide adelantarse un poco. El lugar huele delicioso, el aroma del café y de pan recién horneado llenan el ambiente. Se sienta frente a la ventana y se dedica a observar el local, se da cuenta de que el recinto es un pequeño pedazo del pasado, los muebles de madera, las vitrinas que muestran una variedad impresionante de chocolates, dulces, pan dulce y frutas secas, las dependientas llevan un gracioso uniforme que bien podría haberse usado hace 70 años. 



Vuelve al pequeño espacio que es su mesa y de pronto es parte del aparador. Su mirada atraviesa la ventana y descubre que Adriana está cruzando la calle, ahí viene con su andar decidido, cada uno de sus movimientos denotan seguridad. Se dedica a observarla, tiene tiempo de no verla; la nota más madura, ahora está más delgada y eso provoca que su rostro sea aún más bello. Al entrar al lugar hace sonar una suave campanita. Percibe dos o tres miradas inspeccionándola, ella está acostumbrada, sólo abre la boca y muestra esa sonrisa de morena irresistible.


_Amiga!!! Al decir esto avanza emocionada hacia la mesa, Paula se pone de pie y se abrazan con un sentimiento auténtico. 


_Te ves muy bien. Dice Paula.


_Qué te puedo decir…Madrid me encanta…a lo mejor es por eso. Se ríe consciente de que fue un tanto presuntuosa. 


Una mesera muy delgada y un poco mayor se acerca hasta ellas. Adriana nota su presencia y dice emocionada: 


_Tienes que probar las chapatitas de jamón serrano y luego pedimos unos croissants y chocolate, necesitas esto para animarte.


Paula asiente casi divertida. La mesera se aleja con una agilidad que impresiona y ellas vuelven a su mundo.


_Cuéntamelo todo…


Paula la mira fijamente y en un segundo se le salen las lágrimas.


Adriana cambia totalmente su expresión, se acerca para tomarla de la mano. 



_Ya sabes que puedes confiar en mí, qué necesitas…


Paula sabía lo real que era este ofrecimiento, había sido, en muchas ocasiones, testigo de la solidaridad que la caracterizaba, siempre dispuesta a dar la mano al otro…incluso si ese “otro” no lo merecía.  Tomó una servilleta y se secó torpemente las lágrimas. 


_Él me traicionó…dijo y entonces se abandonó a un suspiro. Adriana la mira con una mezcla de interés y ternura. 


_Me traicionó en una forma que yo jamás hubiera esperado…Paula hace un gran esfuerzo para abrirse así y pronunciar estas palabras. Adriana da tiempo a que su amiga  desenrede poco a poco la madeja de su dolor.


_¿Sabes qué es lo que  más me duele? Adriana sólo niega con la cabeza. 


_La desilusión. Y nuevamente las lágrimas no la dejan continuar. Paula sabe que en algún momento tiene que abrir esa caja de Pandora y no puede imaginar mejor compañía que la morena que tiene sentada enfrente. 


_Estoy segura que no era el amor de mi vida, entre nosotros nunca existieron las mariposas en el estómago, ni una atracción irresistible; pero él hizo todo por ganarse mi confianza… y la tuvo, hizo todo por ganarse mi amistad…y la tuvo. Finalmente, él se llevó un pedazo de mi alma.


Paula guarda silencio, esperando acomodar de algún modo esos sentimientos. 


Adriana sólo escucha pero en su rostro es evidente el desconcierto. Una vena se marca en su frente como protesta, Paula conoce perfectamente este gesto y sabe que es una señal de enojo. 


_Más que una traición de amor…¿no es imperdonable traicionar  el corazón de un amigo?


Y al decir esto, se materializa en un instante su desilusión…porque esto es lo que realmente la ha herido de muerte. Está segura que todo cambiará, al mirarse así…y desnudar su interior se da cuenta que ya nunca será la misma, que su alma se ha convertido en una casa saqueada.





—Un té de hierbabuena por favor—.  Sí, la hierbabuena puede servir, después de estos días sin Paula no me he sentido muy bien. No me siento tan cómoda aquí…tomándome un café con amigas como si no pasara nada. Mi mundo está de cabeza, me cuesta trabajo concentrarme, dormir; tengo constantemente una angustia clavada en el estómago pero Julia ha pensado que debo distraerme. 


A veces me entran unas ganas terribles de salir corriendo y tomar el primer vuelo a Madrid, luego me imagino la cara de Paula, su mirada reprobatoria, sus gestos de rechazo y me doy cuenta que debo permitir que libre esta batalla sola. Me muero de la angustia de sólo pensarlo; es totalmente absurdo en mi mente de madre. “A Dios rogando…” diría mi abuela. ¡Dios mío…cómo la extraño!


Un joven de baja estatura y cara de niño coloca la taza de agua humeante delante de mí.  El vapor danza frente a mis ojos y quiere hipnotizarme. Sumerge la bolsa de té y me dice muy amable: —Su té señora, ¿gusta un poco de azúcar?—.


—No gracias, así está bien.—Trato de sonreír. 


Miro de nuevo la taza de té y me entretengo con la evolución del  agua totalmente transparente al líquido entintado. Mi tiempo es absorbido por este espectáculo hasta que las risas de mis amigas me hacen reaccionar y vuelvo a la realidad. 


Julia es la única que se ha percatado de mi sentir. Maruca y Marina discuten apasionadamente sobre qué tipo de pantalón está más a la moda y a mí me parece que es la conversación más vacía que he escuchado en mi vida. A veces me pregunto qué tengo en común con estas mujeres, tal vez son nuestras diferencias las que nos unen. 


—No me gusta la cara que traes— dice Maruca enérgica.


—¿Por?—Trato de no parecer agresiva.



—No nos has dirigido la palabra…¿qué tienes? suaviza un poco su expresión—.


—Ya sabes que puedes confiar en nosotros…como siempre. —Marina hace una mueca de preocupación y luego sonríe tiernamente.


—Ha tenido unos días muy pesados—. Julia trata de explicar la situación.


Miro a Julia y con la mirada le suplico que no se atreva a develar mi problema. No quiero que mi niña sea juzgada porque nadie la conoce como yo. No tengo el más mínimo interés en compartir lo que estoy viviendo.


—Es Paula— Ha sido demasiado tarde, Julia lo ha hecho. Le doy un leve golpe con la rodilla para indicarle que me ha fallado.


—¿Está de rebelde?— dice Maruca y al mismo tiempo sacude su negra melena, un poco larga para su edad. 


—Rebelde…—Me quedo pensando un poco en la mirada que tenía Paula cuando se fue. —No sé si sea la palabra exacta para describirlo, yo más bien creo que tiene que ver con un asunto de amores…me parece que la lastimaron demasiado—.


—¿Ese niño con el que andaba?—Pregunta Marina intrigada. —Yo le veía cara de muy decente, es de buena familia ¿no?—.  Para ella “la buena cuna” es sinónimo de nobleza en cualquier sentido.


—Eso no es garantía de nada—Añade Julia tajante, consciente de que difiere totalmente en este tema. 


—Sí, algo pasó entre ellos, pero la verdad no tengo idea pues Paula no se ha abierto conmigo…todo lo contrario puso tierra de por medio.


—Al decir estas últimas palabras siento como si una fiera me hubiera estado acechando y yo me hubiera dado cuenta en el último minuto, la tristeza me engulle por completo y se me salen las lágrimas.  


Marina se levanta de inmediato de su asiento y se acerca para abrazarme. Julia, a través de señas, les pide que no me presionen. 


Trato de sobreponerme, pero me es casi imposible. No puedo parar de llorar, todo lo que había sentido desde que Paula y yo discutimos se materializa en ese momento en un llanto que no tiene matices sólo dolor. 


Segunda Entrega        




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