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EL TIEMPO CON PAULA - 4

Ha empezado a anochecer en Madrid, las dos amigas recorren las calles sin pronunciar palabra. Adriana se divierte al contemplar las expresiones de Paula. El bullicio no ha disminuido sino todo lo contrario, parece que por la tarde la ciudad cobrara una vida distinta. Es verano y las calles están repletas de gente y de color, el ritmo de los transeúntes  ha cambiado, no es más lento pero se percibe más relajado. Ya con el estómago lleno, Paula se siente más reconfortada. Su amiga le ha ofrecido asilo y no tiene más opción que aceptarlo. 


La luna impresiona y Paula se maravilla con el paisaje, por un momento parece que todo irá bien, suspira profundamente y luego recuerda.

 

La luna era llena casi tan grande como aquella tarde, Gabriel estaba frente a ella tembloroso. Paula estaba deshecha por dentro pero por alguna razón desconocida, en ese instante se sentía dueña de sí misma. Nunca gritó, ni le tembló la voz, ni se le humedecieron los ojos. Ella gobernaba por completo sus ideas y sus emociones. Con esta postura lo enfrentó, le preguntó si era verdad lo que le habían contado; ella sabía que lo habían visto en una situación enteramente comprometida y en un lugar despreciable. En el fondo, Paula se resistía a creerlo, quería darle el beneficio de la duda porque para ella era imposible imaginarse la escena. Gabriel en los brazos de otro hombre, el sólo pensarlo le provocaba náuseas. Una sensación de malestar le recorre todo el cuerpo.



—¡Eres un pendejo!¡Aprende a respetar a los demás!— Adriana grita apasionadamente a un imprudente motociclista. Una mujer mayor intentaba cruzar por “el paso de cebra” y Adriana se había ofrecido para ayudarla. Enseguida el motociclista se había acercado a gran velocidad y materializó la amenaza de los sonidos que lo acompañaban, se abalanzó sobre ellas sin respetar la vía de peatones rozando prácticamente a la joven y a la anciana. Paula se recupera como puede del episodio recordado y reconoce que, a pesar de su gran corazón,  Adriana se pinta sola para defender, con uñas y dientes, una causa justa. 


Han llegado. El pequeño piso es muy acogedor. Un muro de ladrillo rojizo decora la estancia y el suelo es un mosaico de tablas viejas; Paula absorbe el olor de la madera, le fascina desde que era una niña. Una alfombra a rayas, blanco y negro, alegra el espacio. La pequeña y blanca cocina está impecable y el orden de la despensa impresiona. Tiene toda la personalidad de su inquilina, aunque lo comparte con una española de Canarias, Adriana es de esas personas que siempre se imponen.


—Me gusta—dice Paula con amabilidad.


—Tiene lo suyo— responde Adriana con cierto orgullo.—¿Qué te gustaría hacer?


Paula sólo sonríe suavemente.


—Podemos salir, aquí la fiesta es increíble…no acaba nunca—. Al decir esto se le iluminan los ojos y Paula es consciente  de que no ha conocido a nadie con esa admirable capacidad de parrandear hasta el amanecer y, al mismo tiempo, ser una persona sensata y responsable. 


—No sé…estoy un poco cansada—. En ese instante Paula es consciente del dolor que tiene clavado en la espalda y de que sus pies ya no resisten. 


—Tienes toda la razón, soy una egoísta. Tienes que descansar, ya mañana podremos planear algo. ¿Qué tal un baño y a dormir?—. 



—Me estás leyendo el pensamiento—. Contesta Paula un tanto seria.


La luz está muy tenue y a Paula le cuesta trabajo mantener los ojos abiertos. Se desnuda poco a poco y el vapor es como una caricia. Su cuerpo agradece cada gota de agua. Unos minutos más tarde se encuentra de nuevo en el salón. 


_Yo sé que no vas a querer…pero hoy te duermes en mi cama porque lo necesitas, ya mañana te vas al sofá.


—Pero…—Paula trata de rebatir.


—¡Pero nada! Me conoces y no voy a cambiar de opinión—. Responde enérgica mientras coloca una jarra de cristal con agua sobre un improvisado buró.


Paula sabía que ya no había nada que hacer, además se moría por poner la cabeza sobre la almohada. Sólo abrazó a su amiga.


—Te quiero mucho…y no sé cómo darte las gracias—.


—Ya…a dormir—Adriana la arropa como si fuera una pequeña niña.


Paula está exhausta, respira profundo y absorbe la suavidad de las sábanas limpias.  Antes de apagar la luz y perderse por completo en la inmensidad de un sueño piensa solamente en su madre.






Un hombre que devora la cabeza de su hijo…no cualquier hombre…el dios Saturno. Varios pares de ojos miran el fresco horrorizados, estas miradas van acompañadas de muecas de aversión. La gente que recorre el museo se detiene un instante a admirarlo y casi inmediatamente lo abandonan. Existe algo en esta pintura que incomoda a todos, pero Paula se ha quedado de pie frente a esta oscura escena más de media hora. 


Sus ojos no expresan temor, ni desagrado, ni angustia. Ella va más allá, esa imagen incluso la enternece porque para Paula no es sólo la sangre que escurre de su boca o el gesto de locura de ese viejo; ella logra descifrar entre las negras pinceladas a un ser humano que está sufriendo, que intenta no volverse loco, que se siente abandonado, que no le queda otra salida que expresar a través de esta tragedia lo que acontece todo el tiempo en su alma. Se le escapan dos o tres lágrimas.


Es el primer momento en que realmente pone a disposición de su mente lo que ha estado sintiendo. Antes sólo podía dejarse llevar por la emoción, sólo trataba de controlarla, de que la dejara vivir, seguir, respirar. ¿Por qué Gabriel había sido capaz de hacerle algo así? Más que  cualquier otra cosa era su amigo, la conocía muy bien. Cómo no pudo pensar en todas las lágrimas que Paula iba a derramar, en todas las noches en que no iba a poder dormir, en todas las punzadas de dolor que sentiría en el pecho. No era una desilusión de amor, era perder por completo la confianza en alguien que dice quererte, en alguien que dice ser tu amigo, en alguien que ha sido tu confidente. Y para la sensibilidad de Paula esto era peor que cualquier traición romántica. 



A Paula le dolía darse cuenta que el mundo no era un cuento de hadas, que no existían los príncipes azules porque en la vida real éstos sí se atrevían a lastimar a las princesas, a mentirles, a engañarlas. El lugar más seguro era lejos del castillo, lejos de aquel hombre que prometió amarla y que ni siquiera estaba interesado en las princesas. 


En ese espacio lleno de luz y de gente, entre esas paredes cubiertas de pinturas Paula no se siente sola. Para ella las obras de arte son seres vivos que la acompañan desde otra época, seres que tienen mensajes ocultos, esperando detrás de una ventana sólo a que ella se acerque. Seres que la comprenden porque representan a hombres y mujeres que tenían una vida, que sufrían, que disfrutaban de la belleza, que suspiraban, que buscaban un sentido para su existencia. 


Para Paula los colores se convierten en emociones, las formas en intenciones, las pinceladas en ademanes, por eso no puede ver cada obra con insolencia porque para ella es como si en cada cuadro el autor le entregara un pedazo de su alma. 


Paula sonríe para sí misma. Levanta la cara y su mirada tropieza con otra. Alguien la mira desde el otro lado de la sala. Siente un poco de vergüenza y trata de ocultar su expresión. ¿Desde cuándo la está mirando?. Él sostiene el contacto por un instante y luego garabatea sobre un cuaderno. El mundo que había creado para ella se desvanece en un segundo y ahora se siente nuevamente vulnerable. En el más profundo abismo de su ser, un sentimiento sombrío empieza a brotar, está completamente desbocado y su único propósito es hacerle sentir que ella no es digna de ser amada.



Tercer Entrega 




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