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SXSW: UN BÚHO LLAMADO AUSTIN

por Renato Farrera
SXSW: UN BÚHO LLAMADO AUSTIN

Día 1: El vocalista de Porter no puede moverse porque está bofo y el mezcal me está poniendo mágico


Viajamos de San Antonio a Austin en el Volvo rojo de Chairo por la interestatal 35. Poco después de pasar San Marcos, se empieza a ver el tráfico en la carretera.


–San Marcos Premium Outlets –repito en voz baja al ver del lado derecho el letrero de desviación. Frente a nosotros hay una larga fila de autos.


–Chécate, desde aquí comienza la fila –me dice Chairo.


Continuamos rumbo a downtown a un ritmo más lento por el tráfico. Después de estacionarnos, caminamos al Centro de Convenciones para recoger nuestras pulseras. Si uno vive en Austin puede comprar hasta dos badges pero para eso se necesita una tarjeta de crédito que tenga el código postal de Austin. Chairo había estado en búsqueda de las pulseras desde hace dos meses, hasta que encontró en internet a un wey que las estaba vendiendo. El trato era el siguiente: Chairo le depositaba y él le compartiría un password para recogerlas.


–A ver si no es un fraude –pensaba Chairo mientras estábamos formados. Una señorita nos hizo señas para pasar al mostrador. Chairo le dio el password y después de capturar nuestros nombres nos dieron las dos pulseras.


Mientras caminamos por la sexta me siento sofocado por los cientos, miles de freaks que hay por todas partes. Como muestra de exotismo llevo mi playera de manta, de esas que venden en San Cristobal de las Casas, de las que tienen bordados indígenas. Pero en el South todos lucen extraños; los únicos que destacan entre todos son los afroamericanos. Ellos se abren paso entre las personas, gritan, hacen escándalo.


Oh maaaaaaaaan! –dicen y después gritan un inglés que no alcanzo a entender. Sonríen y sus dientes sobresalen: blancos, pulcros, inmaculados. Caminan como si cojearan, con sus camisas extra grandes, con sus rastas, con sus tenis fosforescentes.



Llegamos al Mohawk y me piden mi id. Un tipo blanco, grande, vestido de negro inspecciona mi visa con detalle. Debe de estar rastreando la fecha de nacimiento. Voltea a verme para comprobar que sea el mismo de la foto. Me abren la cadena y paso. Estoy nervioso por las dos licoreras de mezcal que guardo en las bolsas de los pantalones. Me paro cerca del acceso al bar y cuando volteo a ver a Chairo, los guarros le están haciendo abrir su mochila. Él parece tranquilo, a pesar de que trae varios ácidos, cien gramos de hongos y otras dos licoreras.


–Listo Chaka vente –me dice.


Vamos a la barra por unas Lone Stars y subimos a unas gradas, frente al escenario. Ahí buscamos un espacio y nos sentamos.


–Cómo ves Chaka ¿nos echamos uno? –me pregunta.


La última vez que había comido LSD fue hace más de diez años en Circodelico, un rave en Cuernavaca. Recuerdo que comí con Chairo medio Hoffman y medio Bart Simpson. El LSD lo venden en papel secante y la planilla tiene una especie de grabado. Así es como diferencian el LSD. El Hoffman tiene una bicicleta y un señor sonriendo sobre esta. Hay una montaña verde y a los lados está el sol y la luna, como si fuera una carta de tarot. Tres horas después de habérmelo comido intenté buscar a Chairo. Había una carpa fosforescente alumbrada por luz negra y arlequines en zancos caminando entre la gente. Era de esos raves masivos, de más de dos mil personas. Mientras Sun Project tocaba Dance Of The Witches vi a un ser blanco, con patas de cabra, al centro de todo. Era el diablo, no tenía la menor duda y Chairo estaba hablando con él.


–Pues a ver qué pasa –le digo. Él me acerca el pedazo de papel secante y lo coloco debajo de mi lengua. Entran en escena las Dumb Dumb Girls, vestidas de negro, con sus faldas de piel y sus mallas enredadas entre sus enormes piernas largas. Le doy un sorbo a mi cerveza y trago el pedazo de papel.



Después de escuchar a las Dumb Dumb Girls nos fuimos caminando hacia el Container Bar. Chairo se mueve por la ciudad como si fuera un espécimen más de Austin, sin embargo me cuenta:


–La primera vez que fui al SXSW (South by Southwest) fui con Laura y nos lo topamos por coincidencia y eso que yo vivía ahí. Ni siquiera sabía cómo se pronunciaba. Sou… ¿qué? Si te fijas el nombre está bien raro. En el primer South no había la locura en las calles que hay ahora. No era un evento tan masivo. Era un festival de músicos para músicos –me dice sin ningún tono nostálgico– la primera vez que fui vimos un chingo de bandas mexas en lugares casi casi vacíos: La Gusana Ciega, Zoé, Pato Machete.


Marco, ex integrante de las bandas Holiday y One Year Later de Monterrey, en alguna ocasión me contó:


–Llegué al festival sin saber que estaba ahí. Fui porque quería ver a The Get Up Kids. La verdad no sabía del festival. La primera vez que fui ya estaban las secciones de cine y animación pero estas partes no eran tan importantes. Y donde tocaban los grupos eran garajes. El lugar más grande para ver bandas era Emo’s. Los bares sólo eran el pretexto para echar el trago.


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El SXSW se comenzó a planear en julio de 1986 cuando Mark Josephsen y Joel Weber tenían la intención de expandir el New York Music Seminar a Austin. Roland Swenson sería su enlace en esa ciudad pero cuando los planes se truncaron, Swenson convenció a Nick Barbaro y Luis Black, que también trabajaban en el Austin Chronicle, de continuar con este proyecto. También se sumó a este esfuerzo el músico Louis Jay Meyers. El primer SXSW se presentó en marzo de 1987.


En este festival, las bandas tocan sin ningún incentivo y a pesar de que tienen que pagar sus viáticos, convoca a muchos artistas:



–Es una chinga –me dice Chairo, quien también estuvo de gira grabando un video para Ringo Deathstarr–el SXSW no es una fiesta para ellos. Es una chinga. Sube y baja, si van a tocar a un lugar tienen que llegar bien temprano, un chingo de tiempos muertos. Un día entran a un lugar y está lleno y luego llegan a otro lugar y hay dos personas –me dice.


Pero a pesar de esto, las bandas buscan tocar en ese foro por la proyección que les da. Marco me cuenta:


–En mi primer festival vi con mis cuates a Explosions in the Sky, una banda de post rock de Texas. Yo era fan desde hace muchos años y de repente fue una sorpresa encontrármelos ahí sin saber que iban a tocar. Habíamos bien poquitas personas, platicamos con ellos y acabamos en un after en casa de unos de esos weyes. Como no teníamos donde dormir, el dueño nos invitó a quedarnos. Eran bandas con las que crecimos y los habíamos visto tocar en festivales más grandes, por ejemplo, en el Austin City Limits pero no habíamos tenido esa cercanía. El siguiente año nos tocó ir a tocar otra vez al SXSW así que les avisamos que iríamos. Después del toquín acabamos en casa del baterista de Explosions y en ese after nos encontramos a unos weyes de Amsterdam. Bebimos como idiotas. Uno de ellos, ya bien pedo, se acercó a platicar conmigo y me dijo que a partir de que nos escucharon el año pasado nos estaban incluyendo en su programa de radio independiente. Les pasamos un disco que incluía varias bandas mexicanas y comenzaron a programarlos también. Ya después les perdí la pista.



Aún era de día y la música y los colores se entremezclaban en una fusión lisérgica. Si Hunter S. Thompson decía que Las Vegas no era una ciudad para drogas psicodélicas, definitivamente Austin, durante el SXSW es la ciudad ideal. Voy caminando y veo un señor en la calle sentado sobre un banco, tocando un piano imaginario. Lo único que trae puesto es un sombrero, una trusa blanca y calcetines. La gente está alrededor tomándole fotos, como si fuera un animal en cautiverio. Mientras la gente se va acercando, él se emociona y teclea con más fuerza su piano invisible. No logro distinguir si es un happening o si se quedó en el viaje, o ambas, no importa. Comienza a disminuir los bemoles hasta dejarnos una nota sorda y aturdida. Baja la cabeza melancólicamente y la gente aplaude.


Mientras caminamos rumbo a Container Bar, me llega un olor a tabaco de vainilla con un ligero rastro de mariguana. Nos detenemos por un momento, en la calle y nos comemos otro cuartito. Chairo está preocupado porque aún hay que resolver el tema del hospedaje para ese día. Mañana tenemos reservación en el Motel 6 pero hoy no tenemos donde quedarnos. De entre todas las opciones, la mejor sería quedarnos con algún amigo de Juarez que nos ofrezca asilo. La otra es quedarnos en alguna calle, a dormir en el coche. La tercera es la más peligrosa: Manejar de regreso a San Antonio. Pero después de escuchar las historias de policías a nadie le quedan ganas de regresar manejando:


–A Rodolfo lo detuvieron y ahora tiene prohibido manejar a partir de las ocho de la noche.


–A Diana la detuvieron y ahora tiene una marca en su record. Ese registro se va a quedar en su expediente por tres o cuatro años.



Nos anochece en el Container Bar y antes de salir hacia North Door nos comemos medio ácido más. Camino hacia allá hacemos una escala en un bar estilo texano, de esos que tienen mesas largas y tipos con sombreros de cowboy. Hacemos escala para escuchar a Poliça, un grupo de rock alternativo. Nos logramos acomodar muy cerca del escenario y de repente vemos aparecer a la vocalista, Channy Leaneagh, con el pelo color rosa platinado, leggins negros, blusa de manga larga y falda de patrones extraños. Los juegos de luces se tornan cálidos, fríos, melancólicos; lo que se necesite para acompañar la voz distorsionada de Channy. El viento sopla. Hace frío en Austin.


Termina de tocar Poliça y vamos a The North Door. Ahí, tocarán División Minúscula y Porter pero lo que nos hace ir hasta allá es escuchar a Illya Kuryaki and the Valderramas. Paso la puerta del bar y bajo unas escaleras de madera. The North Door parece una bodega abandonada, improvisada, tipo industrial. Estoy confundido y no logro calcular muy bien las distancias. Camino entre la gente rumbo a la barra y veo a muchos mexicanos.


–Aquí van a estar todos los juarenses –me dice Chairo.


Los juarenses en Texas conforman una subcultura dentro de los inmigrantes mexicanos. Son personas de Juarez que por alguna razón se fueron a vivir a Texas. Muchos de ellos están estudiando una carrera, una maestría o una especialidad. Otros se fueron buscando algún trabajo.


–¿De dónde vieneeees? –me pregunta Dafne mientras latiguea las vocales de la última sílaba de cada oración.


–De Querétaro –le digo.


– Uy eres chilango –responde


En ellos opera una geografía extraña. Todas las personas que viven debajo de Sinaloa, Durango, Coahuila, Nuevo León o Tamaulipas son chilangos.


–¿Y los poblanos? –le pregunto.


–No, ellos también son chilangos –me responde con total seguridad.


– ¿Y los de Guadalajara?


– Chilangos también


– ¿Y los de Chiapas?


– No, esos ya son de Sudamérica –me responde.



Mientras me tomo un mezcal, Porter toca:


Y estoy cayendo por una espiral sin ti ya no hay más y estoy cayendo por un espiral y ahora si ya te mande a clonar –mientras un David Velasco, completamente bofo intenta hacer un errático performance en el escenario.


Después, se sube al escenario Emmanuel Horvilleur con un sombrero negro, una camisa negra sin mangas y dos kilos de cadenas colgando de su cuello y canta:


Chaco estoy bailando en Chaco a mí me gusta el Chaco –y pela sus ojos y hace gestos de combate como si fuera karate kid. Los juarenses y uno que otro gringo extraviado saltan y gritan.


–Mira, te presento a Neto –me dice Chairo mientras prenden los estrobos. La realidad se me distorsiona así que tengo que buscar el ángulo para verle la cara. Neto tendrá unos veintiséis años, delgado y con un bigote tupido, de esos que se usaban en la revolución. Trae una playera azul marino de cuello “V” y una chamarra de piel.


–Neto, te presento a Chaka, un compa de hace años. Es mi amigo desde la prepa. Wey, nos venimos hoy de San Antonio pero no tenemos donde quedarnos, ¿crees que nos puedas tirar un paro?


–Wey claro que sí, no mames, sin ningún problema. Mi casa es tu casa.


Las personas están amontonadas y los espacios se reducen conforme la gente está más cerca del escenario. Illya Kuryaki toma la energía que emana del público, la transmuta en el escenario y la regresa. Hay electricidad en el ambiente. Saco la licorera, sirvo más mezcal y le estiro el vaso a Neto. Le digo que repita conmigo, a manera de brindis y conjuro:


–Mayahuel dulce tormento, que haces allá ajuera, vente pa’dentro.


Termina de tocar Illya Kuryaki y salgo a fumarme un cigarro con los juarenses. Sólo se escucha el murmullo de gente hablando al mismo tiempo, el eco de la bodega distorsionando los sonidos, el susurro de las láminas temblando con las notas graves. Chairo sale y me busca entre la gente. Yo estoy recargado en una barandilla de tubos y escucho:



–¡Wey donde andas, te estoy buscando Chaka! –me dice preocupado– ¿Cómo ves, fuga?


–Fuga, ya estuvo por hoy –le doy una bocanada amplia al cigarro y lo arrojo hacia la oscuridad.


Caminamos de The North Door hacia downtown y paramos en un semáforo. Por la carretera pasan coches con los vidrios abajo y las bocinas tronando. Es un banquete de música. Caminamos debajo del puente de la interestatal 35. La fiesta aún no ha parado en Austin. Seguimos caminando hacia el estacionamiento y por las calles no dejan de transitar personas.


Llegamos al estacionamiento y nos subimos al carro para dirigirnos al depa de Neto.


Después de manejar lo que me parecieron varias horas llegamos a un conjunto residencial y nos metemos. Estacionamos el coche en la zona asignada para visitas y caminamos en la oscuridad hasta llegar al departamento. Tocamos el timbre pero nadie nos abre. Adentro se escuchan los ladridos del perro; debe ser una raza chica, tal vez un french poodle. Intentamos abrir una de las ventanas para meternos pero todo está cerrado y nos sentamos en las escaleras para pensar en nuestras opciones. Al menos estamos en una privada, fuera del alcance de la policía. Nuestra mejor opción es quedarnos a dormir en el coche. Enciendo un cigarro y le doy una bocanada. Exhalo y se entremezcla el humo de tabaco con el vaho. Chairo y yo no platicamos; estamos muy cansados, sólo se escucha el canto de los grillos, el sonido de la soledad. Cuando el cigarro está consumido hasta la mitad, como si fuera una visión aparece Neto; ebrio, trastabillando.



–Que pasó muchachos –dice mientras saca las llaves del depa y se le caen. Las recoge del piso e intenta atinarle al cerrojo pero sólo logra persignarlo. Después de un par de intentos logra meter las llaves y abre la puerta. Nos metemos a su casa y dejamos las mochilas en los sillones. De su cuarto sale corriendo un perro, nos brinca en las piernas, saca la lengua y jadea rápidamente como si fuera a atragantarse.


–¿Que pedo Neto, unos mezcales? –le digo.


–A huevo, me los echo.


Sacamos las licoreras con mezcal y le damos un trago cada quien. Después, hacemos otra ronda. Después, hacemos otra ronda. El perro salta y se nos acerca y vuelve a irse a la cocina, da una vuelta y regresa mientras vaciamos la licorera. Platicamos, o más bien balbuceamos. Neto toma la licorera y la vacía. Después, se le queda viendo fijamente con sus ojos cristalinos. El mezcal se ha acabado.




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